Belén Villarroel Hernández, una mujer de Salamanca, jamás imaginó que la decisión de someterse a una cirugía para corregir su miopía cambiaría su vida para siempre. Con 28 años y una graduación severa, fue convencida por el oftalmólogo Óscar Blanco Lara de que el procedimiento con láser Excimer PRK era la mejor opción. Lo que no le advirtieron fueron las secuelas irreversibles que la acompañarían durante las siguientes tres décadas.

“Pensé que iba a mejorar mi visión, pero tras la operación empecé a ver destellos, halos y borrosidad. Me dijeron que era normal, que mi ojo se acostumbraría. Nunca ocurrió”, lamenta Belén. La situación solo empeoró con el tiempo. Hoy, con 58 años, enfrenta una lista interminable de síntomas: visión doble, sensibilidad extrema a la luz, cataratas prematuras y daño corneal irreversible.
Las consecuencias no han sido solo médicas, sino también sociales y laborales. La imposibilidad de conducir de noche o soportar pantallas lumínicas han limitado su vida de manera devastadora. “Daría cualquier cosa por volver a mis gafas y lentillas, pero el daño es permanente”, dice con impotencia.
A pesar del sufrimiento de pacientes como Belén, las clínicas siguen promoviendo estos procedimientos sin advertir de los riesgos reales. “Para ellos somos solo un número, operan por dinero sin importar las vidas que destrozan”, denuncia.
Treinta años después, Belén sigue esperando justicia y cura a sus dolencias. La falta de regulación y transparencia en estos procedimientos deja en una posición vulnerable a miles de pacientes que, como ella, confiaron en promesas de una mejor calidad de vida y acabaron atrapados en una pesadilla sin retorno.
Desde Asacir, pedimos ayuda a la comunidad científica para que encontremos alivio o incluso la cura de estas secuelas. También pedimos justicia y reconocimiento a las Administraciones Públicas, las cuales hasta hoy no han mostrado ayuda alguna.